PARTE 1
—Tú no encajas en un evento como este.
No me lo dijo directamente, pero lo escuché con toda claridad. Mi esposo, Alejandro Montes, se lo susurró a la mujer que llevaba del brazo mientras ambos se preparaban para asistir a la gala empresarial más exclusiva del año.
Yo seguía en el piso de arriba de nuestra mansión, frente al espejo. Mi vestido azul marino empezaba a mostrar el desgaste de los años, pero seguía siendo el más elegante que tenía… o, mejor dicho, el único que todavía me permitía usar.
Desde la ventana observé cómo Alejandro caminaba con seguridad hacia su camioneta negra. A su lado iba Camila Rivas, envuelta en un brillante vestido color champán y luciendo un collar de diamantes que captaba todas las luces. Ella se aferraba a su brazo con la confianza de alguien que ya se sentía dueña de su lugar.
Nuestra ama de llaves, doña Lupita, se acercó con timidez.
—Señor, ¿le aviso a la señora Mariana que ya puede bajar?
Alejandro ni siquiera volvió la vista hacia la casa.
—No hace falta. Esta noche voy acompañado de Camila.
Aquella respuesta hizo que regresaran de golpe todos los recuerdos de los últimos tres años.
Bajé las escaleras lentamente.
Camila me observó de arriba abajo y dejó escapar una sonrisa burlona.
—Así que tú eres la esposa… Ahora entiendo por qué Alejandro nunca te lleva a ningún lado.
Miré a mi marido.
Por un instante esperé que dijera algo.
Que me defendiera.
Pero nunca ocurrió.
Solo acomodó su corbata, le ofreció el brazo a Camila y comentó con total naturalidad:
—Vamos. Ya es hora.
Su silencio me lastimó mucho más que las palabras de ella.
Pocos segundos después salieron juntos.
Me quedé inmóvil en la puerta viendo cómo el vehículo desaparecía entre las luces de la ciudad.
Con él también desapareció la última esperanza que aún conservaba sobre nuestro matrimonio.
Unos minutos más tarde mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí.

Había una fotografía.
Camila aparecía sonriendo desde el asiento trasero de la camioneta de Alejandro. En el reflejo del cristal podía distinguirse claramente su silueta.
Debajo de la imagen solo había una frase.
«Esta noche será completamente mío. Tú quédate en casa esperando.»
No lloré.
Hacía mucho tiempo que me había quedado sin lágrimas.
En lugar de eso, abrí el último cajón de mi tocador.
Dentro había una pequeña caja de terciopelo rojo.
En ella guardaba una tarjeta SIM que llevaba tres años sin utilizar.
La coloqué en mi teléfono.
Solo apareció un contacto.
Papá.
Mis manos temblaban mientras presionaba el botón para llamar.
Después de varios tonos, escuché una voz que jamás pensé volver a oír.
—¿Mariana?
Aquella sola palabra bastó para romper todo lo que llevaba guardado durante años.
—Papá… quiero volver a casa.
Durante unos segundos no respondió.
Luego habló Ernesto Salazar, uno de los empresarios más influyentes y respetados de México.
Pero en ese momento no era un hombre poderoso.
Solo era un padre que volvía a escuchar la voz de su hija.
—Mi niña… quédate donde estás. Voy por ti.
Fue entonces cuando comprendí que aquella noche no terminaría con más lágrimas.
Terminaría con una verdad que cambiaría la vida de todos los que me habían humillado.
Muy pronto, Alejandro descubriría quién había sido realmente Mariana Salazar desde el principio.