«Finge que eres mi esposa». Acepté para salvar una noche incómoda… sin imaginar que toda su familia terminaría creyéndolo

Cuando Giovanni Fierro me tendió la mano en medio de la recepción, todavía estaba convencida de que podría pasar el resto de aquella boda tranquilamente, sin llamar la atención de nadie.

Me equivocaba.

—Baila conmigo —dijo.

Lo miré sin moverme de mi silla.

—No.

—Solo una canción.

—Sigue siendo no.

Una sonrisa apareció en sus labios.

—Entonces voy a contar.

Fruncí el ceño.

—¿Contar qué?

—Cuántas veces vas a rechazarme antes de terminar aceptando.

Y empezó.

—Uno.

Negué con la cabeza.

—Dos.

Lo ignoré.

—Tres.

Cuando llegó a siete, perdí la paciencia.

—Está bien. Una canción.

Su sonrisa se ensanchó inmediatamente.

—Sabía que acabarías entrando en razón.

Pocos segundos después estábamos en medio de la pista de baile.

La orquesta interpretaba una melodía lenta. A nuestro alrededor, los invitados conversaban, las copas chocaban suavemente y los camareros se movían entre las mesas.

Sin embargo, en cuanto Giovanni y yo comenzamos a bailar, tuve la extraña sensación de que algo había cambiado.

Varias personas empezaron a mirarnos.

Giovanni apoyó una mano con delicadeza en mi cintura y sostuvo la otra.

—Puedes relajarte —murmuró.

—Estoy relajada.

Bajó la mirada hacia mis hombros rígidos.

—Claro que sí.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Porque estás intentando convencerme de que no estás nerviosa.

Suspiré.

—Eres insoportable.

—No eres la primera persona que me lo dice.

A pesar de mí misma, sonreí.

Hacía mucho tiempo que no me reía con tanta naturalidad.

Entonces miré hacia el otro extremo del salón.

Tyler.

Me estaba observando.

Y en ese instante comprendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome a reconocer.

Giovanni no era quien me ponía nerviosa.

Era Tyler.

Una pequeña parte de mí todavía deseaba que mi ex me viera feliz. Quería que me mirara y se preguntara, aunque fuera durante unos segundos, si había cometido un error al dejarme atrás.

Me avergoncé en cuanto lo pensé.

Giovanni pareció darse cuenta.

—Otra vez estás mirando hacia allí.

—No.

—Sí.

—¿Siempre observas tanto a la gente?

—Solo cuando resulta útil.

—¿Y te pagan por observar personas?

Pensó durante un instante.

—Bienes raíces, hoteles, inversiones… Nada demasiado misterioso.

Lo miré.

—Acabas de conseguir que suene todavía más misterioso.

—Podría darte la explicación completa.

—Ahora no.

—De acuerdo.

La música fue disminuyendo hasta detenerse.

Aparté lentamente mi mano.

—Gracias por el baile.

—Ha sido un placer.

Pensé que ahí terminaría todo.

Pero entonces una mujer elegante se acercó a nosotros.

Tenía el cabello plateado perfectamente arreglado y llevaba un vestido azul oscuro que reflejaba discretamente la luz de las enormes lámparas del salón.

Giovanni la reconoció enseguida.

—Tía Lucia.

La mujer no respondió inmediatamente.

Primero miró a Giovanni.

Después me miró a mí.

Finalmente bajó los ojos hacia nuestras manos.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Giovanni, ¿piensas presentarme a tu acompañante?

Abrí la boca para responder.

Giovanni habló antes.

—Por supuesto.

Se volvió hacia mí.

Y su expresión hizo que comprendiera inmediatamente lo que estaba a punto de hacer.

—Ni se te ocurra —susurré.

Me ignoró por completo.

—Ella es Jessica.

Lucia esperó.

Giovanni añadió con absoluta tranquilidad:

—Mi esposa.

Giré la cabeza hacia él.

No podía creerlo.

Realmente acababa de decirlo.

Lucia permaneció en silencio durante unos segundos.

Después extendió la mano hacia mí.

—Encantada de conocerte, Jessica.

Se la estreché intentando mantener una expresión normal.

—Igualmente.

Lucia volvió a mirar a su sobrino.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace muy poco.

Casi me atraganté.

Lucia vio mi expresión y una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—Eso explica algunas cosas.

Giovanni frunció el ceño.

—¿Qué cosas?

—Nada, querido.

Antes de que pudiera preguntar algo más, apareció otra mujer.

Era morena, elegante y llevaba un precioso vestido verde oscuro.

Giovanni suspiró nada más verla.

—Camilla.

Ella se detuvo frente a nosotros.

—¿Entonces es verdad?

—¿Qué cosa?

Camilla me miró.

Luego miró a Giovanni.

—¿Te casaste?

Giovanni se encogió ligeramente de hombros.

—Eso parece.

Camilla soltó una carcajada.

Yo tampoco pude evitar sonreír.

—Supongo que debería presentarme —dijo ella—. Camilla DeLuca.

—Jessica Hale.

Giovanni apretó ligeramente mi mano.

Camilla se dio cuenta.

—¿Hale?

Giovanni respondió inmediatamente:

—Conservó su apellido.

Camilla asintió con total naturalidad.

—Por supuesto.

Después me dedicó una mirada casi cómplice.

—Me alegra conocer finalmente a alguien dispuesto a soportar a Giovanni.

—No estoy segura de haber aceptado semejante responsabilidad.

Giovanni puso los ojos en blanco.

Camilla volvió a reír.

No tardé mucho en comprender que entre ellos nunca había existido nada romántico.

Sus familias, sin embargo, aparentemente habían tenido otros planes.

Desde hacía meses intentaban emparejarlos porque consideraban que una unión entre ambas familias sería perfecta.

Camilla negó con la cabeza.

—Nos conocemos desde niños.

—Está exagerando —protestó Giovanni.

—Escondiste mis partituras cuando teníamos doce años.

—Tú escondiste mis zapatos antes.

—Eso era diferente.

—¿En qué sentido?

Camilla sonrió.

—Todavía no te apreciaba lo suficiente como para ser amable contigo.

Lucia suspiró.

—Los criamos esperando que algún día se convirtieran en adultos responsables.

—Lo intentamos —respondió Camilla.

Giovanni añadió:

—Ahora contratamos asesores para resolver nuestras discusiones.

Me reí.

Esta vez fue una risa auténtica.

Y durante unos minutos ocurrió algo que no esperaba.

Me sentí cómoda.

Nadie me preguntaba qué había hecho con mi vida.

Nadie mencionaba mis errores.

Nadie me miraba como si mi presencia tuviera menos valor que la de los demás invitados.

Entonces vi a Sophia.

Mi hermana estaba a pocos metros de nosotros, todavía con su vestido de novia.

Sonreía, pero algo en sus ojos me hizo comprender que había visto parte de lo ocurrido.

—Voy a hablar con ella —le dije a Giovanni.

Él asintió.

—Ve.

Di unos pasos.

—Jessica.

Me volví.

Giovanni ya no sonreía.

—¿Qué pasa?

—Pase lo que pase esta noche, no vuelvas a la mesa doce solo porque alguien consiguió convencerte de que ese era el lugar que te correspondía.

Sus palabras me dejaron inmóvil durante un instante.

No supe qué responder.

Finalmente caminé hasta Sophia.

Mi hermana me tomó inmediatamente del brazo.

—¿Quién es ese hombre?

—Un hombre al que conozco desde hace aproximadamente diez minutos.

Sus ojos se abrieron.

—Estabas bailando con Giovanni Fierro.

—Sí.

—¿Sabes siquiera quién es?

—Por lo que veo, todo el mundo lo sabe menos yo.

Sophia soltó una carcajada.

—Jessica, es muy conocido en el mundo empresarial.

—No he venido a tu boda para hacer negocios.

—Ya lo sé.

Miró detrás de mí.

—Pero deberías saber que su familia posee varias empresas y financia muchos proyectos importantes de la región.

Me encogí de hombros.

—Eso no cambia nada. Solo fue un baile.

Sophia me observó durante unos segundos.

De repente, su sonrisa desapareció.

—Espera. ¿Por qué estabas sola en la mesa doce?

Miré hacia aquella mesa.

—Porque mi nombre estaba allí.

Mi hermana negó lentamente con la cabeza.

—Esa no era la mesa que yo te había asignado.

—Alguien habrá cambiado las tarjetas.

—¿Quién?

No tuve que responder.

Las dos miramos hacia Sandra.

Sophia lo comprendió inmediatamente.

—Me dijo que había hecho un cambio de última hora.

—No importa.

—Sí importa.

Su voz se volvió más suave.

—Debería haberlo comprobado.

—Sophia, es tu boda. Tenías mil cosas de las que preocuparte.

—Y tú eres mi hermana.

Bajé la mirada.

Durante años nuestra relación había sido complicada.

Nos queríamos, pero habíamos aprendido a evitar determinados temas.

Después de mi embarazo, prácticamente todos los miembros de nuestra familia habían sentido la necesidad de opinar sobre mis decisiones.

Sophia había intentado defenderme.

Pero en aquel entonces todavía estudiaba y nuestra madre no dejaba de repetirle que era demasiado joven para comprender la situación.

Con el tiempo, Sophia había aprendido a evitar las discusiones.

Y yo había aprendido a no esperar que nadie me defendiera.

—Pensé que sabías que estaba sentada allí —dije.

Sophia me miró sorprendida.

—No tenía ni idea.

—No quería crear un problema.

—Deberías habérmelo dicho.

—No quería convertirme en otra preocupación durante tu boda.

Mi hermana tomó mi mano.

—Tú no eres una preocupación.

Sonreí débilmente.

—Mamá probablemente tendría otra opinión.

—Mamá tiene otra opinión sobre absolutamente todo.

Las dos nos reímos.

Durante unos segundos desapareció toda la tensión.

Entonces Sophia volvió a mirar hacia Giovanni.

—Ahora tenemos que hablar de él.

—No hay nada que contar.

—Acaba de presentarte como su esposa.

Hice una mueca.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Qué quieres decir?

—Era una broma.

Sophia abrió los ojos.

—¿Hablas en serio?

—Por desgracia.

Empezó a reírse.

—Retiro todo lo que he dicho sobre lo predecible que eres.

—Yo no hice nada.

—Eso lo hace todavía peor.

Puse los ojos en blanco.

—Tú organizas las cosas de Lily por orden alfabético.

—Solo algunas.

—Exactamente.

Antes de que pudiéramos continuar, Daniel se acercó.

—Sophia, tu padre te está buscando.

—Un segundo.

Mi hermana se inclinó hacia él.

—Jessica aparentemente se ha casado esta noche.

Daniel me miró.

—¿Con Giovanni Fierro?

Me quedé con la boca abierta.

—¿Cómo demonios lo sabes?

Él se echó a reír.

—Digamos que las noticias viajan bastante rápido entre esta gente.

Sophia me dedicó una mirada divertida.

—Mañana quiero conocer toda la historia.

—No habrá ninguna historia.

—Ya veremos.

Daniel tomó suavemente la mano de mi hermana.

—Tu abuela quiere una foto.

Sophia me dio un beso rápido.

—No te marches sin avisarme.

—Lo prometo.

—Y quiero verte sentada en la mesa tres.

—Está bien.

Se alejó con Daniel.

Me quedé sola durante unos segundos.

Por primera vez desde que había llegado a aquella boda, respiré profundamente.

Entonces escuché una voz familiar detrás de mí.

—Jessica.

No necesitaba girarme para saber quién era.

Tyler.

Me volví.

Estaba solo.

—¿Qué quieres?

Miró brevemente hacia Giovanni.

—¿De verdad estás casada?

—No.

Frunció el ceño.

—Pero él dijo…

—Era una broma.

—¿Con él?

—Sí.

Parecía incapaz de decidir qué pensar.

—¿Desde cuándo te relacionas con personas como Giovanni Fierro?

Casi me reí.

—Desde hace aproximadamente diez minutos.

Su rostro se tensó.

Conocía perfectamente aquella expresión.

En el pasado habría intentado tranquilizarlo.

Le habría explicado cada detalle.

Habría hecho cualquier cosa para impedir que se molestara conmigo.

Esta vez no lo hice.

Finalmente habló.

—Lamento lo que te dije antes.

—Lo pensabas cuando lo dijiste.

Bajó la mirada.

—Estaba enfadado.

—¿Por qué?

Guardó silencio.

—No lo sé.

Asentí lentamente.

—Entonces deberías tomarte el tiempo necesario para averiguarlo.

Me miró fijamente.

—Todavía piensas que soy una mala persona.

—No.

Hice una pausa.

—Pero ya no voy a cargar con tus frustraciones por ti.

No respondió.

Continué con calma.

—Tomamos decisiones diferentes, Tyler. Ahora tenemos que vivir con ellas. Pero Lily jamás debe convertirse en el campo de batalla de nuestros problemas. Ella merece algo mejor.

Su expresión cambió.

—Tienes razón.

—No estoy intentando tener razón. Solo quiero que las cosas queden claras.

Asintió.

—Te llamaré el domingo para hablar con Lily.

—Como habíamos acordado. A las seis.

—De acuerdo.

Después se marchó.

Lo observé alejarse.

No había ganado.

No me había vengado.

No había conseguido que se arrepintiera de haberme dejado.

Y, por primera vez, ninguna de aquellas cosas me importaba.

Simplemente había establecido un límite.

Y aquella sensación valía mucho más que cualquier victoria.

—Lo hiciste bien.

Me giré.

Giovanni estaba detrás de mí sosteniendo dos vasos de agua con gas.

—¿Estabas escuchando?

—Intentaba no hacerlo.

—¿Y?

—Fracasé.

Acepté el vaso que me ofrecía.

—Gracias.

Giovanni apoyó ligeramente la espalda contra una columna.

—¿Vas a sentarte en la mesa tres?

—Es una orden directa de mi hermana.

—Entonces será mejor obedecerla.

Sonreí.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Piensas seguir presentándome como tu esposa?

Giovanni pareció considerar seriamente la pregunta.

—Depende.

Lo miré con desconfianza.

—¿De qué?

—De cómo reaccione mi familia.

—¿Por qué?

No respondió inmediatamente.

Primero miró hacia Lucia, que conversaba con varios invitados.

Después hacia Camilla.

Y finalmente volvió sus ojos hacia mí.

—Porque tengo la sensación de que esta noche acaba de volverse mucho más complicada de lo que esperaba.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Nada. Por ahora.

—Giovanni.

—Disfruta de la boda, Jessica.

Se alejó unos pasos.

Yo permanecí inmóvil, observándolo.

Y fue exactamente en ese momento cuando comprendí algo inquietante.

Quizá aquel matrimonio falso ni siquiera era la parte más extraña de la noche.

Porque Giovanni Fierro no parecía haberme elegido al azar.

Había una razón.

Una razón concreta por la que se había acercado precisamente a mí, había insistido en bailar conmigo y después, delante de su propia familia, había decidido llamarme su esposa.

Y yo todavía no tenía la menor idea de cuál era.

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