PARTE 1
—Aguantarás unas cuantas semanas —dijo Sergio mientras cerraba la cremallera de su maleta—. Solo serán setenta y cuatro días.
Apenas podía mantenerme en pie. Una enfermedad autoinmune me obligaba a tomar medicación todos los días, y los médicos me habían advertido que no podía interrumpir el tratamiento bajo ninguna circunstancia.
Sergio lo sabía mejor que nadie. Había estado conmigo en cada consulta médica. Aun así, aquella mañana decidió marcharse de viaje por Europa con su familia.
—No puedes dejarme sola —le supliqué.
—Estarás bien —respondió antes de salir por la puerta.
Unas horas después fui a buscar mis medicamentos.
El pastillero estaba vacío.
Las cajas de reserva también habían desaparecido.
Intenté llamar a Sergio, pero mi teléfono no tenía señal. Poco después dejaron de funcionar el internet, la electricidad y el agua.
Cuando traté de salir de la casa, descubrí que todas las puertas estaban cerradas con llave desde el exterior y que las ventanas tampoco podían abrirse.

En ese momento comprendí que aquello no era una simple coincidencia.
Después de buscar desesperadamente, encontré un viejo teléfono de emergencia. Logré comunicarme con los servicios de rescate durante unos segundos antes de que la batería se agotara.
Minutos más tarde llegaron policías y bomberos. Entraron por la fuerza en la casa y me trasladaron de inmediato al hospital.
Los médicos confirmaron que, de haber pasado más tiempo sin mi tratamiento, mi estado habría podido empeorar gravemente.
Al día siguiente, una investigadora me mostró las grabaciones de una cámara de seguridad instalada frente a la vivienda.
Las imágenes revelaban que, después de despedirse de su familia, Sergio había regresado a la casa para reunirse con una mujer antes de volver a marcharse.
Poco después, mis medicamentos aparecieron en un lugar completamente distinto.
Ese hallazgo llevó a las autoridades a abrir una investigación para descubrir qué había ocurrido realmente y cuál era el papel de aquella misteriosa mujer en toda la historia.