Nora conocía bien el recorrido de cada mañana: preparar las raciones, revisar los recintos y atender a los animales del zoológico. Sin embargo, al llegar al espacio donde vivía Titan, siempre hacía una pausa. Los años de experiencia no habían borrado su cautela ante el enorme cocodrilo.
Aquella mañana, el patio estaba en silencio. Titan descansaba junto a la piscina, tan inmóvil que resultaba difícil saber si estaba pendiente de ella.
Nora tomó una porción de comida con las pinzas largas y la acercó al animal. Como no se movió, cambió ligeramente de posición para dejar el alimento a su alcance.
Antes de conseguirlo, la pieza resbaló y cayó junto al borde.
Su mirada se desvió hacia el suelo. En ese breve descuido, reaccionó por impulso: extendió la mano para recoger lo que había caído, sin detenerse a valorar el riesgo.
Entonces el agua se agitó.
Titan se lanzó hacia ella. Nora intentó retroceder, pero el movimiento fue demasiado rápido. El cocodrilo le atrapó el brazo antes de que pudiera apartarse.
El cubo cayó a su lado. El golpe del metal contra el suelo resonó por todo el patio, seguido de su llamada de auxilio.
Hasta unos segundos antes, Nora solo pensaba en terminar la tarea y continuar con la ronda. Ahora buscaba una forma de alejarse del agua, mientras volvía a pedir ayuda en aquel lugar cuya calma se había roto de repente.