Cuando le pregunté a Mercer qué había pasado con el tercer bebé, el detective apartó la mirada.
—No conozco toda la verdad, Rowan.
Estábamos en su oficina, rodeados de los documentos de la investigación que había destruido mi matrimonio con Megan un año antes.
En aquel entonces, creí en las fotografías, los mensajes y las acusaciones de infidelidad. Sobre todo, confié en Claire Whitmore, la mujer que decía querer proteger a mi familia.
Ahora acababa de descubrir que Megan había dado a luz a tres bebés.
Y yo solo había conocido a dos.
Mercer abrió un cajón y sacó una carpeta marrón.

—Estos documentos llegaron a mis manos después de su divorcio. Una enfermera del hospital Santa Catalina notó cambios sospechosos en los historiales médicos.
Tomé la primera hoja. El nombre de Megan aparecía junto a la fecha del parto. Más abajo, una frase me llamó la atención de inmediato:
Embarazo múltiple. Tres bebés nacidos vivos.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Por qué nadie me lo dijo?
Mercer vaciló.
—Intenté ponerme en contacto con usted. Claire respondió en su oficina. Después, me ofreció cuarenta mil dólares para que dejara de hacer preguntas.
Lo miré fijamente.
—¿Aceptó?
—Sí.
Por un momento, quise agarrarlo del cuello.
Pero había una pregunta más importante que mi enojo.
—¿Dónde está mi hijo?
Mercer sacó otro documento. El tercer recién nacido había sido trasladado de urgencia después del parto. Tenía una malformación cardíaca y necesitaba atención especializada.
En el formulario aparecía el nombre del doctor Elias Voss.
Yo conocía a ese hombre. Había trabajado como consultor para Bellamy Technologies y tenía una estrecha relación profesional con Claire.
—Encuéntrelo —ordené.
Mercer asintió.
Antes de que saliéramos de su oficina, me entregó un sobre. Reconocí enseguida la letra de Megan.
Dentro había una carta.
Rowan:
Nunca te fui infiel. Tampoco robé el collar de tu abuela. Intenté hablar contigo, pero cada vez alguien se interponía entre nosotros.
Nuestros hijos están a salvo, en la medida en que puedo protegerlos.
Si algún día decides buscar la verdad, fíjate bien en las personas en las que confiaste.
Megan.
Me quedé mirando esas palabras durante un largo rato.
Luego le pregunté a Mercer quién le había entregado la carta.
—Judith Hale, la antigua ama de llaves de su abuela.
Esa misma noche fuimos a visitarla.
Judith vivía en una pequeña casa de Murfreesboro. Cuando me vio en la puerta, no sonrió.
—¿Por fin decidió escuchar, Rowan?
Bajé la cabeza.
—Vine a averiguar qué le pasó a Megan.
Nos hizo pasar. En su sala, impregnada de aroma a canela, Judith me contó lo que nadie se había atrevido a revelar.
Después de nuestra separación, Megan intentó ponerse en contacto conmigo muchas veces. Llamó, envió cartas e incluso esperó frente a las rejas de mi propiedad.
Claire interceptó todos sus mensajes.
—¿Y el tercer bebé? —pregunté.
Judith juntó las manos.
—Megan firmó una autorización para trasladarlo a un centro especializado. Le dijeron que era necesario para salvarle la vida.
—¿Y después?
—Ya no le permitieron verlo.
Un dolor intenso me oprimió el pecho.
Judith continuó:
—Cuando pidió información, descubrió que habían puesto al bebé temporalmente al cuidado de una familia. En los documentos aparecía otro apellido.
—¿Cuál?
—Vale.
También conocía ese apellido. Nathaniel Vale había sido ejecutivo de la división médica de mi empresa. Dejó su puesto casi al mismo tiempo que el doctor Voss.
—¿Megan sabe dónde está el niño?
—No exactamente. Pero nunca dejó de buscarlo.
Judith me explicó que Megan trabajaba a tiempo parcial en una librería de Franklin y criaba a los gemelos con enormes sacrificios. No esperaba que yo regresara para salvarla.
Solo quería encontrar a su hijo.
—Hay algo más —añadió.
Se levantó y regresó con una pequeña llave de latón.
—Megan había anotado todo en un cuaderno: nombres, fechas y llamadas. Se lo confió a su abuela antes de que ella muriera.
Miré la llave.
—¿Dónde está el cuaderno?
—Quizá en su antiguo escritorio.
Recordé enseguida aquel mueble de madera oscura. Después de la muerte de mi abuela, Claire se había encargado de trasladar los muebles de su biblioteca a un almacén que pertenecía a mi empresa.
En ese momento sonó mi teléfono. Era Daniel Price, mi director financiero.
—Rowan, encontramos varias transacciones sospechosas en el fideicomiso de tu abuela.
—¿Qué tipo de transacciones?
—Pagos a una empresa de gestión de historiales médicos en Oregón y a una organización privada de servicios familiares en Georgia.
Me puse tenso.
—¿Quién las autorizó?
Daniel vaciló.
—Un antiguo acceso ejecutivo registrado a nombre de Claire Whitmore.
Le ordené que bloqueara la cuenta de inmediato y conservara todos los registros de las transacciones.
Después, Mercer y yo nos dirigimos al almacén.
Casi era medianoche.
El escritorio de mi abuela estaba al fondo de una sala llena de muebles cubiertos con sábanas. Introduje la llave en la cerradura. Giró sin dificultad.
En el cajón encontré cartas, fotografías, una pluma de plata y un pequeño cuaderno negro. Mi nombre estaba escrito en la primera página.
Reconocí la letra de Megan.
Pasé las páginas rápidamente. Había anotaciones sobre el hospital, el collar desaparecido y varias citas de las que nunca había oído hablar.
Entonces encontré una página marcada con una cinta azul. Tres nombres estaban subrayados:
Elias Voss.
Nathaniel Vale.
Claire Whitmore.
Debajo aparecía un cuarto nombre:
Lydia Vale — tutora temporal.
Pasé la página. Una fotocopia mostraba un certificado del hospital. El nombre del bebé se leía con claridad:
Elliot Bellamy.
Mi hijo.
Durante casi un año, ni siquiera había sabido cómo se llamaba.
Debajo del certificado había una autorización de tutela. Mi firma aparecía al final del documento.
Pero yo nunca había firmado ese papel.
Otra línea indicaba que la aprobación se había confirmado mediante un acceso biométrico ejecutivo.
Alguien había usado mi identidad.
Estaba a punto de llamar a Daniel cuando una frase escrita a mano por mi abuela me llamó la atención:
Claire no tomó esta decisión sola. Está protegiendo a alguien.
Levanté la mirada hacia Mercer.
—¿Quién es realmente Lydia Vale?
Antes de que pudiera responder, sonó su teléfono. Miró la pantalla.
—Es Megan.
Le quité el teléfono.
—¿Megan?
—Rowan, sé que encontraste el cuaderno.
Me quedé sin palabras.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque alguien está vigilando la casa.
Miré a mi alrededor.
—¿Estás a salvo?
—Sí. Los gemelos están con Rosa.
—Dime dónde estás. Voy ahora mismo.
—No. Primero tienes que escucharme.
Su voz tembló un poco.
—Puede que Elliot no sepa que es nuestro hijo. Tal vez Lydia y Nathaniel lo criaron creyendo que todo era legal.
Cerré los ojos.
—Encontraremos las pruebas, Megan. Te lo prometo.
Hubo un largo silencio.
—Mañana a las nueve, en casa de Rosa —dijo finalmente—. Ven solo.
—Estaré allí.
Colgó.
Me quedé frente al escritorio, con el cuaderno abierto entre las manos. Por fin había descubierto el nombre de mi tercer hijo, pero todavía no sabía quién había organizado su desaparición.
Entonces noté una última anotación escondida en una esquina de la página. Estaba escrita con la letra de mi abuela:
«Si Claire está protegiendo a alguien, averigua quién tenía tanto miedo de que Rowan descubriera que Elliot existía».
Miré a Mercer.
Y por primera vez, me di cuenta de que él también parecía aterrorizado.
FIN DE LA PARTE 2 — LA HISTORIA CONTINÚA EN LA PARTE 3. VUELVE A LOS COMENTARIOS Y HAZ CLIC EN EL ENLACE DE LA PARTE 3 PARA SEGUIR LEYENDO.